• Reinaldo Cordova

Presunción de autoridad

Atualizado: Mar 23

¿Qué define la legitimidad de una persona?

Un investigador académico con doctorado honoris causas y galardonado con el Premio Nobel profiere un discurso con afirmaciones sobrecogedoras. El público que accede le escucha se queda boquiabierto, porque ha sido testigo de una verdadera bomba. En otra circunstancia, un sacerdote profiere un pregón que revela un complot existente en las entrañas del Vaticano y que genera una conmoción entre algunos católicos. Los fieles se escandalizan porque ya desconfiaban de la existencia maquinaciones malévolas, cuyos objetivos creían ser la destrucción del catolicismo.

La convergencia entre esas dos historietas es el hecho de que los protagonistas no ofrecieron pruebas y evidencias para fundamentar sus afirmaciones. Es decir, no tienen un valor empírico, por lo tanto, deben ser tratado como una opinión, como si uno estuviera comentando el último partido de un equipo de la Segunda B de la liga española de fútbol.


El problema con los dos primeros casos es que no son especulativos y tampoco invenciones. Son casos observados en la vida ordinaria. Para el primer caso es una referencia al cientista Luc Mantagnier, que se pronunciara acerca de la COVID-19 sin aportar datos evidenciables. El segundo caso es el del sacerdote brasileño Paulo Ricardo de Azevedo, que especulaba sobre los males que socavan las estructuras de la Iglesia Católica, pero se manifestaba sin ofrecer evidencias para fundamentar sus palabras, simplemente tratando de lobbys degeneran la Iglesia.


Es un hecho que ambos personajes tienen legitimidad para abordar determinados temas. Son voces creíbles dentro de un espectro de la estructura social, porque sus actividades pudieron en algún sentido ser corroboradas. Entretanto, no son seres dotados con una súper capacidad, que les permita saber y conocer todo. Aunque tuviesen informaciones realmente privilegiadas y notorias, su real valor dependerá de que presenten pruebas y evidencias para confirmar sus afirmaciones.


Desafortunadamente, personas con legitimidad y autoridad en su campo de conocimiento y actividad, lo extrapolan frecuentemente y profieren enunciados plenamente especulativos. Sobrepasando de esa manera, los límites de sus atribuciones o de su espacio de actuación. Ofrecen a una miríada de oyentes y lectores, opiniones con aires de ciencia o de doctrina, las cuales de hecho no han dejado de ser elucubraciones de una persona. La clave de la cuestión se encuentra en el prestigio o status de los autores, que suelen estar fundamentados en sus títulos y premios, antes que en investigaciones y datos. Siendo así, se puede afirmar que se trata de una falacia de autoridad.


La situación es muy seria, porque sin pruebas o evidencias se formula un enunciado que servirá a personas y grupos para difundir ideas, que en el más profundo no tienen fundamentación, porque en ningún momento han dejado de ser ideas preconcebidas o hipótesis. La falacia de autoridad, por lo tanto, está estribada únicamente en el nombre y en la biografía de quien realizó el enunciado.


En el caso del cientista, si no ha trabajado con metodología, con datos, con hipótesis y conclusiones expuestas a los pares, no ha cumplido con la deontología esperada y necesaria para la legitimación de la afirmación. Por lo tanto, su discurso no tiene un valor académico o científico.


Si la situación dice respecto al sacerdote que ataca algunos movimientos eclesiásticos, como siendo responsables por la fragmentación de la Iglesia, pero lo realiza sin ofrecer datos concretos y accesibles; sus palabras no tienen valor pastoral y tampoco doctrinal. Al contrario, se evidencian como un ataque frontal a los pilares eclesiásticos, de tal modo, trabajan como una fuerza de fricción que puede conducir a la ruptura de la comunidad religiosa.


Podemos observar que el actual escenario de las comunicaciones favorece los enunciados especulativos con tintes de verdad. Sea en la Academia o en los espacios eclesiásticos, es esencial exigir de los autores, portavoces y autoridades las evidencias que aseguren la veracidad o por lo menos la plausibilidad de sus afirmaciones. Caso contrario habrá el fomento de las especulaciones, de las mentiras, de las fake news y de las intrigas, que como es sabido no son actitudes éticas.


En síntesis, las opiniones libres son un derecho inalienable de los seres humanos, pero es preciso preservar el respeto por los destinatarios de los discursos. Opiniones enunciadas por personas con capacidad de influencia deberían evitar las manifestaciones sin evidencias, porque terminan por confundir a la audiencia. Los títulos y premios pueden ser empleados para legitimar el habla de un autor, pero no le autoriza a proferir opiniones como si se tratara de la verdad; la cual debe ser siempre buscada, aunque difícilmente sea alcanzada.


Autor: Reinaldo Cordova

​Doutor e mestre em História pela Universidad de Murcia (Espanha). Especialista em Filosofia. Graduado em História com experiência profissional com na área de História Contemporânea, História da Igreja e História da Família. Professor na Educação Básica e no Ensino Superior. Participa regularmente de atividades acadêmicas, como seminários e congressos nacionais e internacionais. Membro fundador do "Projeto Colaborar". Autor de artigos e publicações sobre educação.

Currículo Lattes: http://lattes.cnpq.br/8398335033629040



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